Depresión, la epidemia del Siglo XXI

Introducción

Considerada frecuentemente una enfermedad mental o, incluso hiperbólicamente, una enfermedad neuronal, el diagnóstico clínico de depresión se constituye en el panorama patológico de comienzos de este siglo como toda una entidad acostumbrada.

Actualmente la depresión afecta a más de 300 millones de personas en el mundo y es incluso la principal causa de discapacidad en todo el globo. De estos números, son las mujeres las más afectadas en un ratio aproximado de 1,7 mujeres por cada hombre.

¿Pero qué es la depresión?

¿Se trata de una enfermedad? ¿Hay algún patógeno desconocido que la cause? Pareciera una tentativa atrevida de la medicina la de capitalizar este trastorno (o enfermedad) para sí, de no ser porque es ella la que termina encargándose de tratar este problema, relegando a la Psicología a una segunda o incluso tercera línea de acción.

Actualmente en España, si acudes al médico de cabecera y le mencionas sentirte desesperanzado, triste, melancólico o algún otro de los síntomas de la Depresión Mayor, va a tomar la sagaz decisión clínica de recetarte Fluoxetina, Citalopram o algún otro inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina (ISRS). Digo sagaz porque, según lo aprendido en la facultad de medicina, considerar los síntomas de la depresión como una prueba de que existe dicha enfermedad es lo más lógico del mundo. Así como los psicólogos llevamos las «gafas de la psicología», ocurre igual con los médicos.

Pero la depresión no puede ser (al menos con lo que sabemos hoy en día) una enfermedad. Al figurar en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM) como un trastorno se excluye su estatus de enfermedad: un trastorno es un estado «anormal de alteración de la salud», mientras que para que algo sea una enfermedad debe haberse establecido un origen causal de los eventos (lo que se llama una «etiología»).

Como decimos, realmente no hay ningún proceso etiológico cerebral descubierto en el caso de la depresión (ni de ningún otro trastorno mental, si me apuráis). Simplemente se presume una causa orgánica para luego tratarla médicamente a partir de un diagnóstico sin validez.

Con esto no pretendemos decir que la depresión no cause sufrimiento. En absoluto, solo que este se halla en el conjunto de factores individuales y contextuales que influyen en ti a diario: tu historia de vida, tus relaciones sociales, tu relación contigo mismo, etc., más que en algo que vaya mal en tu cerebro.

El desastre de los diagnósticos en psicología

La depresión, entonces, es un trastorno diagnosticable mediante un sistema nosológico (como el citado DSM). Sirve un propósito heurístico que facilita —supuestamente—, la comprensión de este fenómeno y se erige al mismo tiempo como un concepto abstracto o un constructo.

Normalmente esto no tendría por qué suponer un problema, de no ser porque lleva frecuentemente a dar la explicación del fenómeno (el estado depresivo) a partir del nombre que se le da al mismo (la depresión).

Este tipo de argumento circular discurre de la siguiente manera:

Uno puede observarse a sí mismo dejando de hacer ciertas cosas o encontrándose más desmotivado de lo habitual. Se dirige a un profesional y este le diagnostica de depresión. A partir de entonces tenderá a emplear el «tener depresión» como una explicación de lo que experimenta. ¡Como si esta se ostentara! Esto lleva a argumentos circulares como el siguiente: «Estoy desmotivado y me quedo en la cama todo el día porque tengo depresión», «¿Y cómo sé que tengo depresión? Porque estoy desmotivado y me quedo en la cama todo el día».

La medicina y muchos psicólogos han optado (al no encontrar la causa del problema en el cerebro) a encontrar la causa del problema en el mismo nombre que se le ha dado a dicho problema, siempre en detrimento de las mismas personas: las personas que sufren.

Pues bien, esto sucede con absolutamente todos los trastornos diagnosticables en Psicología y Psiquiatría.

La depresión, conductualmente

Nosotros pensamos que es mucho más sensato asumir que la depresión no es nada más allá que la palabra que hace referencia a ciertas conductas y emociones.

Estas conductas (o comportamientos) pueden ser: dormir o no dormir, comer o no comer, llorar, sentarse, tumbarse, quejarse, dejar de reír, dejar de concederse gustos, aislarse, etc. Las emociones asociadas serían normalmente la tristeza o el abatimiento. La combinación de emociones que hacen aumentar el esfuerzo requerido para hacer cosas con comportamientos ligados a evitar encontrarse peor suelen provocar una pérdida de alicientes que terminan conformando un ciclo que se retroalimenta infinitamente.

ADAPTADO DE ADDIS Y MARTELL (2010)

Sin pretender ponerle un nombre como el de «depresión» a que estas conductas vayan más o menos juntas en el tiempo (covaríen), entendemos más bien que estas conductas y emociones tienen un «sentido» en la vida de la persona que las padece. Entendemos que la depresión es más bien un «estado» con una lógica y una razón de ser en el punto vital de la persona que la sufre. Lo que le pasa a las personas deprimidas es, en definitiva, lo que estas personas hacen o han dejado de hacer debido a algo que les ha sucedido. Nada más.

La pérdida de un ser querido, una ruptura amorosa, un evento traumático, la violencia física o vejación sistemática, la soledad… son eventos que causan un profundo malestar en las personas. Algunos de estos eventos afectan a la persona sin que medie ningún aprendizaje previo (por ejemplo, la violencia que causa daño y dolor físico) pero otros afectan precisamente por la relación aprendida con esos eventos (por ejemplo ser tratado de «inútil» puede ser doloroso porque se haya aprendido que ser un «inútil» equivale a que nadie te va a querer). Todas estas cosas pueden contribuir a que se establezca un estado depresivo.

En cualquier caso, la depresión debe ser tratada como se merece: como un estado vital del que se puede salir y del que merece la pena hablar.

¿Se puede salir de la depresión? ¿Hay terapia para esto?

Si nos encontrásemos en estado depresivo y leyésemos esta pregunta seguramente nos responderíamos «seguramente se pueda salir, pero yo no veo cómo» o diríamos directamente que «no». Un efecto común de este estado consiste en dejar de tener esperanza en el futuro, al fin y al cabo. ¿Entonces qué se puede hacer?

En el año 1974, Lewinsohn elabora una aproximación conductual de este problema de la que se deriva la más actual terapia de Activación Conductual. Esta terapia ha demostrado muy buenos resultados en los últimos años. Hacia sus inicios solo era un componente de la Terapia Cognitiva, pero logró escindirse de esta tras algunos estudios que demostraron que la Terapia Cognitiva solo estaba funcionando por el componente de activación.

En definitiva, esta forma de intervención se basa en el registro de actividades que la persona realiza y la búsqueda de un aumento progresivo de interacciones positivas como elementos centrales del tratamiento. También puede incluir un entrenamiento en habilidades sociales y en resolución de problemas.

¿Podéis ayudarme con mi problema?

En Antares Psicología podemos ayudarte si crees que tienes problemas de desesperanza, tristeza o desmotivación o has sufrido alguna pérdida y crees que eso te ha podido afectar negativamente. Como siempre, puedes contactarnos para preguntarnos más información o concertar una primera cita.

Referencias bibliográficas

Addis, M. E., y Marttell, C. R. (2010). Overcoming depression one step at a time.
The new behavioral activation approach to getting your life back.
New Harbinger.

Barraca, J., y Pérez Álvarez, M. (2015). Activación Conductual para el tratamiento de la depresión. Editorial Síntesis.

Carrasco, T. J. (s.f.). La reificación en Psicología. Universidad de Granada.

Carrasco, T. J. (s.f.). Análisis funcional de la depresión. Universidad de Granada.

Han, B. C. (2017). La sociedad del cansancio: Segunda edición ampliada. Herder Editorial.

Jacobson, N. S., Dobson, K. S., Truax, P. A., Addis, M. E., Koerner, K., Gollan, J. K., … & Prince, S. E. (1996). A component analysis of cognitive-behavioral treatment for depression. Journal of consulting and clinical psychology, 64(2), 295.

Lewinsohn, P.M. (1974). A behavioral approach to depression. En R.J. Friedman y M.M. Katz (dirs.), The psychology of depression: Contemporary theory and research (pp. 157-178). Wiley.

López, A. (Febrero 9, 2016). «El pésimo abordaje de la depresión en España». El Mundo.

Organización Mundial de la Salud. (s.f.). Depresión.


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